Trío entre dunas y al sol
11:53
Llevaba ya un tiempo chateando con un chico de Ibiza al que le estaba empezando a tener unas ganas increíbles. Era un mallorquín de 27 años que por motivos de trabajo se había cambiado de isla. Las fotos de su perfil prometían: moreno de pelo corto, ojos negros carbón y un cuerpo bastante trabajado de gimnasio, ¡quizá para mi gusto incluso demasiado! Pero no estaba la cosa para quejarse.
Cuando llegó el verano pasado decidí lanzarme y combinar unas breves vacaciones de sol y playa con conocer a semejante monumento. Así que convencí a una colega para irnos tres días a Ibiza a una pensión cutre. Ella ya venía con la idea de hacer turismo por su cuenta y no tuve problemas en quedar con el chico, Joan.
Cuando finalmente llegó la hora del viaje ya había chateado con Joan durante más de cuatro meses y la situación me estaba empezando a poner nervioso. ¿Qué querría de mí? Si bien los dos eramos gays nunca habíamos hablado de sexo ni amor. Aterrizamos un jueves por la noche y apenas pegué ojo. Por la mañana habíamos quedado Joan y yo para pasar el día juntos y mi amiga se había buscado un plan diferente. Me recogió del hotel a las 11 de la mañana en una scooter y cuando le vi me di cuenta de que su apariencia cambiaba bastante a la de las fotos, de alguna manera me lo había imaginado más dulce y con una cara más angelical. No obstante era bastante masculino, de cuerpo robusto, con barbilla, ropa bastante descuidada y una enorme cicatriz en el cuello de la que era difícil no percatarse. En definitiva, tenía su atractivo pero a mi gusto no estaba tan bueno como me lo había imaginado y no era el tipo con el que tendría ganas de enrollarme. ¡Vaya desastre!
Naturalmente quise ser cortés y además me di cuenta de que echaría unas risas con él, pues parecía algo serio pero también divertido. Me dio unas vueltas en la moto para enseñarme la isla y a continuación bajamos a una playa bastante alejada y nos quedamos acostados entre unas dunas para evitar el viento. Se notaba que Joan se conocía la isla, pues había elegido una playa muy poco frecuentada y totalmente virgen. Entre charlas y baños decidimos dar un paseo por la orilla. Al rato de caminar vimos a un chico medio escondido detrás de una duna chupándosela a otro. ¡Menudo escenario tan morboso! ¿Cómo no les daría miedo de ser vistos? No pude evitar mirar de reojo, sin mostrar a Joan que me parecía interesante el tema. Decidimos no comentar nada y seguir caminando como si nada hubiese pasado, hablando de cosas varias y sin gran interés. Yo me seguía fijando en los chicos que pasaban, y hubo uno alto, rubio y de piel clara, que debía ser de algún país del norte, que me llamó especialmente la atención. Estaba solo tostándose al sol y mis ojos se quedaron embriagados con su cuerpo esbelto, ¡y desnudo! Cuando me miró aparté rápidamente la mirada, mientras notaba que mi polla estaba empezando a sentirse atrapada en el bañador.
Al rato volvimos a nuestro recobijo y empezamos a sudar al sol, resguardados del viento. ¡Qué delicia! No hay cosa que disfrute más que pasar un día exento de nubes asándome al sol. Al rato Joan rompió el silencio para contarme lo evidente: que en realidad se trataba de una playa nudista y si no me molestaría que se despelotara. Claro que no me molestaba. Pero no tenía mayor interés en verle desnudo ni en tener que rechazarle. Se empezaba a hacer evidente mi necesidad de inventar una excusa para irme largando. De momento le contesté que no, ¿acaso me quedaba otra? Pero esto me dio que pensar, pues no iba yo a ser el que no se quitara el bañador por vergüenza, pero tampoco me apetecía enseñarle mi aparato a Joan, ¿no sería eso, al fin y al cabo, una declaración de sexo a un chico que no me molaba?
No había tiempo para darle tantas vueltas. Qué más daría. Al fin y al cabo tostarme enterito tampoco era mal plan. Me quité el bañador, me tumbé boca arriba y cerré los ojos. Pero la situación empezó a darme morbo al tener que pensar en los dos chicos que había visto follando. Empezaba a ser difícil no tener una erección. Rápidamente abrí los ojos para volver a la realidad y procurar darme la vuelta pasando desapercibido. Pero ante mis ojos apareció el pollón de Joan: largo y grueso, con algo de vello púbico y diría que ligeramente excitado. Era demasiado, era hora de ponerme boca abajo deprisa para evitar problemas sanguíneos. Pero en ese momento Joan se percató de mi situación, agarró mi pene con una de sus grandes manos y empezó a masturbarme. En ese instante muchos pensamientos contradictorios se cruzaron por mi mente, pero a medida que me pajeaba me empezó a dar igual que no me gustara y que si bien estábamos en un sitio público y a plena luz del día, lo hiciera en esa playa.
La situación me estaba dando mucho morbo y decidí corresponderle a Joan metiéndome su pene, que para entonces se había puesto erecto, en la boca. Bueno, digamos que llegué a meterme medio pene pues no soy yo un experto en manejar cosas tan grandes. ¡Qué placer! Comerse una polla con tanto calor es un estado de excitación especial, es como estar drogado. Lo di todo. Saqué todo mi abanico de opciones para encontrar la forma de recorrer su pene con la boca que más le hiciera gozar. En ese instante me percaté de que Joan había dejado de tocarme. Se había tumbado, colocado sus brazos musculosos detrás de su cabeza y estaba dejando que se la comiera. ¿En qué momento me había convertido yo en el sujeto activo? Literalmente Joan no había hecho más que tocarme la polla un momento para conseguir que se la chupara. ¡Pero si nisiquiera me gustaba!
Decidí dejar de chupársela porque me sentía un poco ridículo. Pero Joan aprovechó la situación para tumbarme, abrirme las piernas, escupirse las manos y empezar a manosear mi culo. Con cuidado fue introduciéndome uno y luego dos dedos. Desgraciadamente no me suelen entrar tan fácil y estaba empezando a perder el morbo mientras tenía el sentimiento de que ese tipo, que me estaba empezando a parecer feillo, se estaba aprovechando un poco. Pero Joan insistía y estaba empezando a meterme la punta de la polla que me había estado comiendo hacía apenas un momento. No teniendo lubricante, y tratándose de un pene tan grande, me estaba sintiendo desvirgado (de nuevo). Me moví un poco para indicarle a Joan que me estaba doliendo y que prefería no seguir, pero Joan hizo caso omiso, y acabó por metermela entera. Tengo que admitir que tenía mucho talento para hacerlo en tal situación y con tal escasez de medios.
Como yo estaba tumbado boca abajo Joan tenía problemas para follarme, ya que yo no había reajustado mi postura. Justo en el momento en el que iba a pedirle que parara verbalmente y me dejara reincorporarme me interrumpió para ordenarme que me pusiera a cuatro patas. Esa orden cambió el panorama, volviéndo a hacer fluir la sangre por mi pene en abundancia. De repente me empezó a dar mucho morbo sentir que me estaba atravesando con un pollón, que Joan pasaba totalmente de lo que me apeteciera y que me tenía dominado. Me puse a cuatro patas y me dejé follar. Sentí que Joan tenía poco interés en mí y más bien perseguía su propia satisfacción mediante penetraciones rápidas y fuertes.
Mientras estaba dándome por culo fuertemente y cogiéndome por la cadera, yo sentía su polla abriendo mi culo mientras estaba casi comiéndome la arena. La situación se estaba poniendo cada vez más interesante, cuando en vez de gemidos, Joan soltaba unos ruidos de satisfacción que se parecían más a un gruñido. Cuando en un momento levanté la cabeza pensando en que alguien nos vería, vi en la cercanía al chico rubio de antes, paseándose. Era una cuestión de segundos que nos viera. Pero a Joan le daba igual y seguía con el mete y saca. Así que pasó lo que tuvo que pasar, el rubio nos vio y se quedó mirando perplejo. Bueno, tan perplejo no debió estar pues empezó a acercarse y a tocarse su pene. Una vez más la situación me llenó de mucho morbo, pues Joan aún me tenía a cuatro patas usándome sexualmente y el rubio se estaba empezando a masturbar con el panorama a escasos tres metros de nosotros. ¡Por fin un buenorro salvador! No podía más y empecé a gemir del gusto, lo cual Joan aprovechó para hacerle unas señas al rubio para que se acercara, siempre sin dejar de follarme.
El rubio se acercó en seguida y siguió masturbándose justo a mi lado. Se hizo un momento de tensión sobre el que yo tenía poco control. ¿Qué haría ahora? Tenía el deseo de que me masturbara porque yo necesitaba mis dos manos para apoyarme y no comerme toda la arena. Pero tras observarme un poco y mostrarme su pollón, el rubio optó por participar en la humillación metiéndome su polla en la boca. ¿Qué iba a hacer?, ¿acaso podía elegir? Empecé a mamársela como pude mientras Joan empezaba a respirar muy fuerte y a follarme en un ritmo alternado de golpes fuertes y suaves. Poco tardó en correrse, aunque siguio follándome mientras (me imagino) observaba como tambíen el rubio se correría. Yo no sabía en qué centrarme, mi culo recibía esos golpes tan placenteros, mientras el rubio me estaba introduciendo toda la verga en la boca, ayudando con sus manos para correrse más rápido. En pocos segundos, unos enormes chorros de semen inundarían mi paladar mientras Joan sacaba su pene de mi culo y se tumbaba a nuestro lado.
El rubio, sin decir nada, decidió largarse tal cual se había corrido. Yo por fin pude tumbarme boca arriba y masturbarme mientras Joan me miraba con cara de salido. Si bien el resto del día lo pasaría con mi amiga, habría otra ocasión de quedar con Joan. ¿Quién lo diría?
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