Entramos por un portal y subimos hasta el ático. Pasada la puerta había una sala de estar con balcón, una cocina amplia americana, un baño y dos dormitorios. En medio de esa sala subía una elegante escalera de caracol blanca hacia otra estancia que ocuparía unos 40 m2 y tenía grandes ventanales con vistas a la ciudad. Tal cual entramos nos presentaron al anfitrión, un chico de unos 40 años que nos invitó a una copa. De allí subí con mi amigo a la estancia de arriba para sentarnos en un sofá y charlar con algunos de los asistentes de la fiesta. Había un ambiente relajado y si bien la mayoría de la gente no me parecía especialmente atractiva, sí había alguno que parecía interesante.
