Confieso haberme alistado en el ejército
1:31
He tenido una adolescencia bastante tranquila. No muy ajetreada. A los 18
apenas había tenido algún que otro encuentro sexual con amantes pasajeros. Me
dedicaba más bien a masturbarme de tanto en tanto. Bueno, igual estoy
exagerando, en realidad me masturbada bastante. Podía llegar a ser diario,
incluso dos veces al día. Y para qué mentir, me gustaba mucho cuando me
encontraba en situaciones donde no había manera de encontrar un momento
de relax.
Cuando terminé el bachillerato era una persona bastante sencilla y sin unos
intereses especialmente definidos. No supe bien qué hacer. En mi último año los
profesores me preguntaban adonde iría a parar y no sabía qué contestar. Y
es así como tuve un momento de locura del que es posible que hoy en día me
arrepiente. En contra de la voluntad de mis padres me alisté en el ejército. Y eso que en aquel año ya hacía mucho tiempo que la mili se había eliminado, y
que a nadie, a absolutamente ninguno de mis amigos, se le había siquiera pasado
por la cabeza apuntarse al ejército. Si soy sincero, no logro entender qué me
llevó a tomar esa decisión. Imagino que fue la necesidad de escapar tanto de la
decisión de qué hacer con mi vida, como escapar de casa de mis padres de una
vez por todas. Ya sabemos todos que en las fuerzas armadas están encantados de
emplear a jóvenes nuevos que estén dispuestos a cobrar ese sueldo que, para los
tiempos de crisis, no está nada mal. En ese año y cuatro meses que
aguanté en la base de Zaragoza no me pasaron cosas espectacularmente
destacables... excepto esta.
He sido una persona que siempre ha practicado algo de deporte, siempre me
han gustado especialmente el voleibol y las artes marciales, y he probado
diferentes cosas como el taekwondo, el capoeira o el kunfú. Pero no
pienses que por ello he sido muy deportista, en absoluto, hacer algún tipo de
arte marcial una vez a la semana ya era mucho para mí, y por ello los comienzos
en el ejército fueron bastante duros, aunque en cuestión de unos meses había
adquirido un cuerpo sumamente interesante. Y ni hablar de mis compañeros, que
también eran un tanto interesantes de mirar, pero siempre con cuidado y sólo de
reojo.
Si ahora pienso en aquellos tiempos, lo veo todo algo raro. Tantos hombres
había juntos en un mismo lugar. No había visto algo parecido jamás. Me
costó acostumbrarme a dormir en una habitación compartida con otros tres
chicos, y asimismo me costó compartir el baño y las duchas. Pero lo que más me
costó fue poder ducharme sin erección, aunque con el tiempo me di cuenta de que
las erecciones eran algo más frecuente entre los militares de lo que yo
pensaba. Vamos, que se notaba la falta de sexo.
Tenía un compañero gallego que tenía la misma edad que yo y que solía estar
especialmente cachondo y no hacía esfuerzo por ocultarlo. Hablaba de chicas
gran parte del día y tenía la necesidad constante de ajustarse su pene entre
los pantalones. Por las noches, tras apagar la luz, a menudo nos hacíamos
pajas, pero él no desaprovechaba ni una sola noche por más largo que hubiese
sido el día. Llegó el momento en el que este compañero, David, y yo nos
quedamos una noche solos en el cuarto porque los otros dos compañeros tenían un
permiso para el fin de semana. Yo estaba sumergido en un artículo de una revista
mientras David, como habitual, estaba estirado sin camiseta sobre su cama,
acariciando su pene por encima del pantalón y escribiendo enérgicamente por el
móvil. En algún momento la situación se volvió tan embarazosa que no pude
retenerme y le pregunté con quién se escribía. Me explicó que había conocido a
una chica hacía un tiempo que le gustaba mucho y que le estaba insinuando que
quería quedar con él cuando estuviera de permiso, y a solas.
Si bien yo procuraba neutralizar mis deseos sexuales y reducir el número de
pajas que me hacía por la vergüenza que me ocasionaba compartir habitación, en
ese momento tuve que fijarme por primera vez en David (ese escaneo de arriba a
abajo, con lupa, que se le puede hacer a un hombre). Tenía piel morena y lisa,
sin grano alguno, abdominales bien marcados, y debajo de sus pantalones
prometía un aparato de importante grosor y mediana largura. Pero lo que más me
excitaba en ese instante eran sus labios carnosos, sus ojos negros y sus largas
pestañas. No me dio tiempo a completar mi análisis porque David, como usual,
estaba más que preparado para compartir conmigo sus intimidades y deseos
sexuales. Entró a hablar del sexo que tendría con aquella chica y se lamentó de
que aún quedaban dos semanas hasta que podía salir. Empezamos a tener una
conversación algo subida de temperatura, y he de admitir que mi mente había
dejado de estar en aquel artículo que pretendía estar leyendo. Debajo de las
sábanas mi pene había adquirido un tamaño de suma importancia, mientras David me
decía, sin cortarse, que entendía que yo también debía estar más que deseoso de
echar un buen polvo (¡y cuanta verdad había en eso!).
El hecho de que David me estaba poniendo al cien y que no había manera de
salir de esa situación sin hacerse una paja me hizo sugerirle que apagáramos la
luz, como hacíamos todas las noches antes de masturbarnos, para cepillárnosla
tranquilamente y poder dormir relajados. Pero él me miró con cara de extrañeza
y me preguntó por qué teníamos que apagar la luz y si no me importaría que le
enviara unas fotos de su pene erecto a la chica con la que chateaba. Yo intenté
reaccionar de forma calmada, mostrar desinterés y mantener, en la medida de lo
posible, una cara sin expresión, cuando en realidad estaba excitadísimo por
dentro y nervioso porque no había nada que deseara más en ese momento que ver,
aunque fuera, un pelo púbico de David. Pero en mi afán de mantener mi presunta
heterosexualidad decidí girarme ligeramente hacia la pared justo antes de que
David empezara a sacar su pene.
No obstante David no parecía interesado en que yo no le viera y siguió
hablando como si estuviéramos de cervezas en un bar, preguntándome si alguna
vez había enviado una foto de mi pene a alguna chica. A lo que le contesté que
no (una mentira socorrida). Entonces me preguntó cómo podría hacerlo para que
saliera bien. A lo que contesté con un "no sé" algo seco y nervioso.
Quién iba a decir que su siguiente intervención sería:
- ¿Te importaría echarle un ojo?
En ese momento me giré, y por desgracia ya se había tapado la polla con los
calzoncillos, pero acto seguido se levantó y se acercó a mi cama para enseñarme la foto de su polla que estaba a punto de enviar a la chica. Por
primera vez pude contemplar una imagen de su aparato, grueso, moreno, sujetado
por dos dedos, y dejando entrever ese pubis sin afeitar que alguna vez había
visto de reojo en las duchas.
- ¿Qué te parece?, preguntó. No estoy seguro de si eso le dará morbo o si al
final no querrá verme, ¿qué piensas?
No me quedaba otra, tuve que darle mi opinión y le dije que estaba bien pero
que el ángulo quedaba algo raro, lo cual no era del todo mentira. De seguido me
pidió, con poca pero algo de vergüenza, si no me importaba tomar la foto de su
polla para que quedara perfecta. La situación se estaba poniendo un poco tensa,
y yo estaba inseguro de dónde me llevaría esto. Aparte tenía el gran problema
de estar muy empalmado, tan empalmado que me estaba dando la sensación de que
mi polla estaba a punto de salir por el lado de la manta de la excitación.
¿Cómo iba a explicar a David que estaba empalmado? Pero apenas pude terminar
ese pensamiento, como ya David seguía hablando:
- Tú tienes que estar super cachondo también de tanto rayarte yo con el tema
de la chica esta, y no te estoy dejando hacerte la paja.
- No veas tío. Venga va, te hago la foto para que me dejes ya en paz y luego
apagamos la luz y nos hacemos una paja y dormimos que es tarde, ¿vale?
Fui incapaz de dar ningún paso que no fuera ese. Pero David, que estaba
arrancado, me pidió que le hiciera una foto, y al minuto me pidió que le
hiciera otra desde otro ángulo. De ahí me siguió hablando de lo cachondo que
estaba, me volvió a recordar que hacía dos meses que no había tenido sexo y que
se moría porque esa chica le hiciera una felación. Yo estaba sin saber bien qué
decir pero le seguí el cuento y le contesté que yo también llevaba mucho tiempo
sin sexo y que me moría por un encuentro sexual. En estos momentos, cada
uno estábamos de vuelta en nuestra respectiva cama, la luz seguía encendida, y
David se había bajado los calzoncillos nuevamente y se estaba literalmente
haciendo una paja mientras hablaba conmigo. Se hicieron unos segundos de
silencio en los que estuve mirando al techo hasta que David los rompió:
- Oye Aitor, ¿me la chuparías?
-¿Qué dices?
- Lo siento tío, es que estoy muy cachondo.
Ya no pude sostenerme. Me salí de mi cama, con mi pene a reventar y sintiendo
claustrofobia en el pijama, me acerqué a David rápidamente y me metí su pene en
la boca. Empecé a mamársela mientras él gemía de placer. Me metí la mano
en el pijama y empecé a masturbarme. David seguía gimiendo; y aún estoy con la
duda de si nos oirían los chicos de las otras habitaciones. Yo estaba
totalmente entregado y dándolo todo por comerme la polla de ese chico en el que
hasta ese día me había fijado tan poco. Con talento, mientras me pajeaba con
una mano, subía y bajaba por su polla con la boca y le empezaba a acariciar los
huevos, lo cual le hizo retorcerse de placer. Pero este momento de gloria
no prometía durar mucho, pues los dos habíamos estado demasiado tiempo
esperando a corrernos. David no tenía planes de ser educado. Cuando estaba a
punto de correrse, situó una mano sobre mi cabeza para evitar que dejara de
chupársela. A estas alturas, si bien no estaba preparado para ello, tampoco me
opuse, pues yo también estaba a punto de correrme y ya que estábamos, ¿por qué
no probar el semen de David? En el último momento empecé a sentir las venas de
su polla en mi boca y todo su cuerpo empezó a tiritar para luego entregarse al
orgasmo entre grandes suspiros. Se corrió una cantidad considerable, que salía
con fuerza y chocaba enérgicamente contra mi paladar. Yo seguía succionando, y
siguiendo el ritmo que me indicaban sus manos, a la vez que mi polla también se
estaba entregando a la parada final, corriéndome de manera improvisada en el
pijama que llevaba.
Y ahí estaba, de rodillas delante de la cama de David, con su polla
palpitante todavía en la boca, el gusto amargo a semen en la boca, el
escalofrío que las gotas de semen me producían en el cuello y con el pijama
mojado. Cuando de su polla ya no salía nada y yo también me había terminado de
sacar hasta la última gota, fui al baño a enjuagarme la boca para limpiarme lo
que no me había tragado mientras se la había mamado. Cuando salí del baño David
ya había apagado la luz y sin hablar ni una sola palabra nos fuimos los dos a
dormir. Desafortunadamente sólo tuvimos una ocasión más para un evento similar,
el cual os contaré con detalle otro día.
5 comentarios
Excitante relato y muy morboso.
ResponderEliminarGracias
A mi me a puesto super cachondo...
ResponderEliminarMe alegra que te guste!
EliminarMuy excitante relato.Me ha puesto caliente.
ResponderEliminarMuy excitante relato.Me ha puesto caliente.
ResponderEliminar